A 25 años del golpe militar

(Transcripción literal e íntegra de la intervención de Joan E. Garcés en el Acto de Homenaje al Presidente Salvador Allende, celebrado en la CASA DE AMERICA en Madrid, el 8 de Septiembre de 1993 -en el cual participó también el entonces Secretario General del Partido Socialista de Chile, Luís Maira-, actualizada para el Seminario Internacional “A 25 años del golpe”, organizado por el Instituto de Ciencias Alejandro Lipschutz del 5 al 8 de septiembre de 1998.- Para más antecedentes, ver el libro de Joan E. Garcés: “SOBERANOS E INTERVENIDOS. ESTRATEGIAS GLOBALES, AMERICANOS Y ESPAÑOLES”, Madrid, Ed. Siglo XXI, 1996, 600 págs.)

Me complace poder hablar en la CASA de AMERICA, en el homenaje a un personaje latinoamericano cuyas concepciones del mundo hispánico eran muy sólidas.

Salvador Allende era consciente de sus raíces hispánicas. Cuando en diciembre del año 1970 le pedí que mediara ante el Jefe del Estado Español- el general Franco- para salvar la vida a unos opositores vascos a la Dictadura de aquel general que estaban siendo condenados a muerte en el Tribunal Militar de Burgos, y le expliqué las Circunstancias, su inmediata respuesta fue: « Yo soy vasco por lado y lado, mañana llamaré al Embajador de España». Efectivamente, hizo la gestión y contribuyó con ella a salvar varias vidas.

Cuando en el año 1939 llegó a Chile el barco Winnipeg, fletado desde París por el Cónsul de Chile Pablo Neruda y lleno de refugiados españoles que habían combatido contra el fascismo, el entonces Ministro de Sanidad Dr. Allende estaba esperándoles en el puerto de Valparaíso. Desde entonces mantuvo sin excepciones su «pacto de sangre», como él le llamaba, con los republicanos españoles. Lo que hay que interpretar como una demostración de interés y afecto hacia la España democrática, distinguiendo a ésta del régimen surgido de la insurrección militar de 1936.

Cuando en el año 1969 viajó el senador Allende por Europa, quiso entrevistarse con el ex presidente argentino Juan Perón, anticipando la posibilidad de que ambos pudieran encontrarse pronto al frente de sus respectivos Estados.

Dado que Perón residía en Madrid, el Dr. Allende tenía forzosamente que ingresar en la España regida por el general Franco. A pesar de que Allende era a la sazón Presidente del Senado, pasó por Madrid de riguroso incógnito, cuidando de que nadie se enterara de que se encontraba en España y respetando lealmente su compromiso con los defensores de las libertades republicanas.

Como Presidente de Chile, Salvador Allende mantuvo obviamente relaciones de Estado con España. Y estas fueron respetuosas, al tiempo que cálidas. Y debo decir que la postura del Gobierno español hacia el de Allende fue igualmente noble, digna. Recién había asumido Allende la Presidencia el 4 de noviembre de 1970 cuando el ministro de Asuntos Exteriores de España, Sr. López Bravo, se presentó en Santiago de Chile y le manifestó al Presidente de Chile: «vengo de Estados Unidos, donde he asistido a la apertura de la sesión de las Naciones Unidas. He pasado por Washington y he escuchado cosas tan tremendas de lo que allí se está pensando hacer con Chile que, en vez de regresar a Madrid como era lo previsto, he decidido venir antes a Santiago y hablar con usted». Y le explicó lo que había oído en Washington sobre la interferencia que había ordenado la Administración Nixon, que a poco andar los chilenos verían convertido en bloqueo financiero externo y estímulo a la insurrección antidemocrática interna.

La vivencia y realidad en la conciencia de Allende de su origen hispánico se expresaba naturalmente dentro de un marco de solidaridad continental, latinoamericana. Es algo que conviene recordar hoy en este escenario de la Casa de América. Pero yo quisiera incidir en algunos aspectos complementarios de lo que en este acto se acaba de decir en relación con la trayectoria de Allende, que voy a vincular con el contexto temporal y la realidad en la cual se produce, es decir, con la realidad nacional chilena.

La personalidad política de Allende es un fruto de la historia política de Chile, fuera de la cual es inconcebible. Es un hombre marcado por la etapa histórica que se abre en los años 30, cuando el Frente Popular gana las elecciones presidenciales de 1938 y, a diferencia de la suerte trágica que tuvieron el Frente Popular en España, o el Frente Popular francés –cuyo Parlamento abdicó al otorgar los plenos poderes al general Pétain en 1940-, el Frente Popular chileno siguió adelante su andadura, y un Presidente sucedió a otro con normalidad, hasta la elección de 1946 en que, de nuevo, el Frente Popular eligió un Presidente en Chile.

En 1938 la derecha chilena hizo lo mismo que la derecha francesa y la derecha española, anunciando para Chile las penas del infierno si ganaba el candidato del Frente Popular. No hubo en Chile tal infierno, aunque sí un intento de golpe de Estado, que fracasó. Es decir, la Potencia hegemónica que en Europa estaba interviniendo entonces en contra de los Frentes Populares, la Alemania que tenía su propio partido nazi también en Chile, legalizado, el partido de Von Marés, no tuvo capacidad de interferencia bastante para sobreponerse en 1938 al vigor de las instituciones democráticas chilenas. Y hay que agregar que en los años del Frente Popular chileno la Administración norteamericana estaba en manos del Presidente Roosevelt, quien no intervino contra el libre ejercicio del voto de los chilenos.

Es después de 1944, después del fin de la Administración Roosevelt que la Administración Truman declara la después denominada «Guerra Fría», e impone a Chile las mismas exigencias que estaba imponiendo en Italia, en Francia y en el conjunto de los países donde existía una vida democrática abierta: marginar al Partido Comunista del respectivo Gobierno. Y, efectivamente, en 1948 el Presidente elegido con los votos comunistas, González Videla, logró arrancar una mayoría en el Parlamento de Chile que declaró fuera de la ley al Partido Comunista. Este es un momento que yo creo que marca la trayectoria de Allende, al negarse a que su país, Chile, fuera subordinado a la estrategia de otra Potencia a costa del libre ejercicio del derecho de autodeterminación democrática de los chilenos.

Allende se subleva contra ese designio, y todo el resto de su trayectoria política es un esfuerzo continuado por restablecer la unidad de las fuerzas sociopolíticas del Frente Popular quebrado por imposición de la Potencia exterior. A este respecto quisiera indicar que esa voluntad de restablecer la unidad de las fuerzas populares siempre perseguía como objetivo reunir a la mayoría del país.

En las disputas internas del P. Socialista de Chile durante los años 50, Allende se enfrentó personalmente con aquellos socialistas que defendían la idea del entonces denominado «Frente de los Trabajadores», es decir propiciar una coalición de fuerzas políticas que incluyera solo a la clase obrera, que excluyera todo partido que tuviera alguna referencia «burguesa» como se decía en el lenguaje político de la época. Allende se opuso a esas exclusiones, y se esforzó para que en la coalición de las izquierdas se incorporaran también partidos democráticos entonces llamados «burgueses» y asentados en los sectores medios. Y en los años en que fue Presidente de la República, esa vocación, esa voluntad de reunir a la mayoría de los chilenos es una constante en Allende, que en 1970-1973 de nuevo se enfrentó con la de un sector importante de su propio partido, el Socialista. Y en este punto debo de manifestar muy afectuosamente al Secretario General actual del Partido Socialista de Chile, que no se puede decir lo que la prensa de Madrid publica hoy como declaración suya: que el problema político de Allende habría sido no evaluar con cuánta mayoría se puede hacer un cambio de tales dimensiones como las que estaba llevando a cabo, que Allende llegó al poder con solo el 36% de los votos y no supo conseguir un apoyo mayoritario de otras fuerzas, como la de la Democracia Cristiana. Esto no se puede decir, en todo caso yo no puedo permanecer callado cuando lo leo o lo escucho.

Allende es Presidente de Chile el 4 de noviembre de 1970 porque, en primer lugar, e1 11 de septiembre anterior ha ganado las elecciones como candidato de la coalición de las izquierdas; pero también porque busca, conviene y logra el acuerdo de la Democracia Cristiana para respaldar el resultado de la libre voluntad de los chilenos. Un acuerdo que era necesario para que en el Congreso, reunido en Pleno, de acuerdo con la Constitución chilena que seguía en este punto el modelo de la de Estados Unidos, fuera elegido Presidente entre las dos primeras mayorías del 4 de septiembre anterior, al no haber obtenido ninguno de ellos la mayoría absoluta. Y la Democracia Cristiana votó en octubre de 1970, en el Congreso, a Salvador Allende como Presidente de Chile, y es con ese acuerdo con la Democracia Cristiana que se inauguraba el Gobierno de Allende.

A lo largo de 1971 Allende mantuvo el vínculo con la Democracia Cristiana, y quiso conservar su acuerdo en el Parlamento con el PDC. Daré un ejemplo. Yo fui enviado por Allende, un año después de su llegada al poder, a conversar con un joven dirigente de la entonces izquierda dentro del P. Demócrata Cristiano, don Bosco Parra, para intentar disuadirle de que su grupo hiciera escisión de la Democracia Cristiana, porque por más que éste decía, sinceramente y con dignidad, que era partidario del Socialismo, y que creía que dentro de la Democracia Cristiana no tenía ningún futuro, la opinión del Presidente Allende era que su Gobierno iba a necesitar mantener el acuerdo político con la Democracia Cristiana, y si dentro de ésta había una corriente que hablaba de construir una sociedad socialista, de los valores del «socialismo personalista» y de los intereses populares, ese sector debía continuar en la Democracia Cristiana y no marginarse del Partido en que se había formado. Porque su salida de la Democracia Cristiana, le decía yo a Don Bosco Parra a fines de 1971, iba a fortalecer al sector opuesto, el que dentro del PDC quería poner fin a los acuerdos con el Gobierno de la Unidad Popular.

No tuvo éxito esta mediación. Don Bosco Parra salió de la Democracia Cristiana en compañía de otros distinguidos cuadros democratacristianos -entre los cuales se encontraba el hoy Secretario General del Partido Socialista de Chile, aquí presente-; se incorporaron a la Unidad Popular, donde fueron muy bien recibidos, y como compañeros honestamente y dignamente llevaron adelante sus ideas, obraron de acuerdo con sus convicciones.

Pero precisamente una semana después de esta escisión de la izquierda del PDC, en mi presencia, el presidente Allende ofrecía a Don Radomiro Tomic, líder del ala popular de la Democracia Cristiana y su rival en las elecciones presidenciales de 1970, que se incorporara al Gabinete, le propuso dirigir el Ministerio de Minería. La respuesta de Tomic fue que en aquellos momentos estaba perdiendo el control del Partido, y que semejante iniciativa suya iba a suponer la división de la Democracia Cristiana, no el entendimiento entre el Gobierno de la Unidad Popular y la Democracia Cristiana, y que no podía dar ese paso.

La voluntad de entendimiento del Presidente Allende con el Partido que tenía la llave para la mayoría en el Congreso fue también constante a lo largo del año siguiente. Y en agosto de 1972 se firmaba un acuerdo entre el Gobierno y el Partido Demócrata Cristiano para votar en el Parlamento la llamada «Reforma de la Ley de las Tres Áreas de propiedad» [social, mixta y privada]. Esta cuestión en torno de la propiedad de los medios de producción centraba el debate político, era entonces el punto neurálgico de la batalla parlamentaria en Chile. Pero ese acuerdo entre el Gobierno de Allende y la dirección del PDC, en el día en que se reunía el Senado para ratificarlo, fue saboteado mediante una llamada telefónica que Eduardo Freí hizo desde Europa, donde se encontraba, ordenando a los Senadores Rafael Moreno y Juan Hamilton romper la disciplina del PDC e impedir que hubiera quórum en el Senado para votar el acuerdo suscrito entre el PDC y el Gobierno de la Unidad Popular. Rafael Moreno es un nombre que ha salido publicitado estos días, en el llamado «Encuentro de Bahía», por ser el patrocinado por el Presidente Patricio Aylwin como candidato a nuevo Director de la FAO.

¿Quién estaba detrás de esa orden que, en el invierno austral de 1972, llegaba de Europa para impedir ratificar el acuerdo entre el Presidente Allende y el Partido Demócrata Cristiano? Eduardo Frei. Alguien me comentaba en Washington tres meses atrás que la orden a Freí en realidad habría partido de Leone, el entonces Presidente Mundial de la Democracia Cristiana, y a esto me referiré un poco más adelante.

También a lo largo del año 1973 el Presidente Allende se esforzó por evitar que la Democracia Cristiana se sumara a la insurrección de la extrema derecha antidemocrática. En el mes de junio de 1973, después de que en las elecciones legislativas del 4 de marzo hubiera obtenido la coalición de las izquierdas el 44% de los sufragios –el porcentaje más alto en la historia de Chile obtenido por un Presidente que terminaba su segundo año de mandato- Allende convocó a todos los dirigentes sindicales en el Edificio de la UNCTAD y les explicó que era necesario un acuerdo del Gobierno con la Democracia Cristiana, que tenía que ser comprendido por las organizaciones que apoyaban al Gobierno, y al evocar la posibilidad de un riesgo de guerra civil se le quebró la voz e interrumpió el discurso. Al día siguiente la prensa conservadora, con ese lenguaje agresivo que acaba de describir Luís Maira, tituló «Allende llora ante los sindicatos». No lloró, simplemente le compungía la evocación de que el país pudiera ser llevado a semejante situación por quienes no querían un pacto parlamentario entre los demócratas, es decir, de la mayoría de los chilenos.

Todavía en el mes de agosto de 1973, el 28 de agosto, propuso Allende a dos personalidades demócrata cristianas, a Fernando Castillo y a Santa María, que se incorporaran al Gabinete como Ministros. Pero el Partido Demócrata Cristiano, presidido a esas alturas por Patricio Aylwin y el sector Frei, dio a éstos la orden de que no se incorporaran al Gabinete del Presidente Allende. Ante eso, ¿qué hizo Allende? Nombró Ministro del Interior, y estábamos ya a quince días antes del Golpe, a Don Carlos Briones, que tenía buenas relaciones personales con los democristianos, y le encomendó la misión de negociar un acuerdo político con la Democracia Cristiana. Y aún la noche anterior al golpe, la del 10 de septiembre, en mi presencia el Ministro del Interior Briones presentaba al Presidente acuerdos que estaba negociando con la Democracia Cristiana.

De modo que el Gobierno de Allende empieza su mandato en 1970 con un acuerdo en el Congreso con la Democracia Cristiana, y termina buscando un acuerdo con la Democracia Cristiana.

Y no se puede decir de Allende lo que se lee hoy en los periódicos en boca de Luís Maira. Aunque sí se puede decir que los dirigentes socialistas que en aquel momento se oponían a todo tipo de acuerdo entre el Gobierno Allende y el PDC, hoy han aprendido la lección. Pero no se puede desplazar sobre Allende la responsabilidad de errores que, contra la voluntad del propio Allende, entonces cometieron algunos dirigentes socialistas respecto de los acuerdos con el PDC.

Puntualizo en este extremo que esa oposición a la negociación de un acuerdo estable que Allende buscó siempre con la Democracia Cristiana – con el Parlamento, por último- esa oposición que encontró el Gobierno Allende en su Partido Socialista, fue estéril en cuanto a Allende se refiere. Porque su personalidad era bastante fuerte para resistir cualquier presión, inclusive la que proviniera de sus más directos compañeros de partido, si iba en contra de lo que creía absolutamente necesario.

Y le diré al actual Secretario General del Partido Socialista, por si él no lo sabe, que quince o dieciséis días antes del golpe de Estado, la dirección del Partido Socialista, concretamente el Subsecretario General del PS., Adonis Sepúlveda, en una reunión del Comité Político de la Unidad Popular propuso -en relación a esas negociaciones con la DC que Allende estaba impulsando con ahínco, haciendo intervenir en pro de su éxito al Cardenal Silva Henríquez, Jefe de la Iglesia chilena, y a cuanta persona de influencia pudiera haber en Chile para lograr el acuerdo político que atajara la dinámica golpista-, la reacción de la dirección del Partido Socialista ante esa voluntad de Allende, fue pedir al Comité Político de la Unidad Popular que desposeyera al Presidente de la República de las facultades decisorias, y que en adelante Allende se limitara a firmar los acuerdos que tomara el Comité Político de la Unidad Popular.

Esa propuesta hecha por el Subsecretario General del Partido Socialista fue evidentemente rechazada, de inmediato, por todos los restantes Partidos de la Unidad Popular. Pero ahí queda como ejemplo de dónde estaba la dirección del Partido Socialista en ese momento, totalmente distanciada de la dinámica seguida por el Presidente Allende. Postura ésta la de la dirección del P. S. que, reitero, no influyó en lo más mínimo en el ánimo del Presidente Allende, que siguió promoviendo un acuerdo con el Partido que tenia la llave de la mayoría en el Congreso, por considerarlo indispensable y necesario para el país.

Entonces, ¿cuál es el punto, el problema político que explica el desenlace trágico? No lo es esa pretendida ausencia de conciencia en Allende de la necesidad de buscar un acuerdo con quienes tenían la llave de la mayoría en el Congreso. Tampoco lo es el hecho de que ningún Presidente de Chile desde el año 1925, desde el restablecimiento de la República Presidencialista, había gobernado con mayoría en el Parlamento. El problema es otro, el problema es que en octubre de 1970 la dirección del Partido Demócrata Cristiano que firma un acuerdo con Allende, y le vota Presidente en el Congreso, es una Dirección Nacional que responde a los intereses nacionales, y tres años después la dirección Demócrata Cristiana está en manos de personas que responden a directrices externas, a intereses estratégicos ajenos a los chilenos. Ese es el punto clave.

He citado un ejemplo del año 1972, la instrucción de Frei a los Senadores Moreno y Hamilton para que se rebelaran contra una orden de la directiva del Partido Demócrata Cristiano. Citaré ahora otro ejemplo, éste del año 1973. Tres semanas antes del Golpe de Estado yo recibo una invitación del Padre Larraín, director de la revista «Mensaje». Era un jesuíta de influencia notoria quien pedía entrevistarse conmigo. Yo no lo conocía, el mensaje me llega a través de Iñaqui Aguirre, hijo de quien fuera Presidente del Partido Nacionalista Vasco, que estuvo presente en la conversación. El mensaje de Larraín es este: “Acaba de llegar de Europa el señor Patricio Rojas [según creo recordar] con este mensaje, ‘No a un acuerdo político con el gobierno de Allende, golpe militar’”. Y el padre Larraín me lo cuenta a mí, evidentemente para que yo lo haga llegar a quien corresponde. Lo que, por supuesto, hice de inmediato.

Una semana antes del golpe un alto dirigente demócrata cristiano, el entonces Diputado D. Belisario Velasco, le hace llegar a Salvador Allende a través del Jefe de Prensa de la Presidencia el siguiente mensaje: «que el Presidente no confié para nada en que Aylwin [presidente de la Democracia Cristiana] pueda convenir un acuerdo. La única preocupación de Aylwin es cómo acabar más pronto con Salvador Allende».

De modo que estamos viendo dentro de la Democracia Cristiana la presencia de un sector que está en contra de la dinámica internacional que propiciaba un golpe de Estado en Chile. Y esa dinámica internacional, quiero puntualizarlo, no venía de la Iglesia. El Vaticano no estaba apoyando el golpe en Chile. Las noticias indirectas que yo tengo es que Pablo VI, hasta el final, sin intervenir en asuntos internos de Chile, deseó el acuerdo de la Democracia Cristiana con el Gobierno de Allende. Y más concretamente lo deseaba la Compañía de Jesús. El general de esta última, el español Padre Arrupe, se presentaba en el Palacio de la Moncloa quince días antes del golpe para conversar y hacerse fotografiar con Salvador Allende. Una manera de publicitar que «la Compañía de Jesús, en este debate, está en favor de un conversar y lograr un acuerdo con el Presidente Allende».

La directriz al PDC de promover una insurrección militar que le viene de afuera responde a otros intereses, no a los del Vaticano. Son más bien los intereses de la Internacional Demócrata Cristiana, sobre todo los intereses de un sector de la D. C. italiana que estaba integrada en el Sistema de poder norteamericano en Europa, sistema que era común al sistema de poder sobre América Latina. Porque un acuerdo de la Democracia Cristiana con la Unidad Popular en el Chile de Allende tenía entonces un efecto inmediato, casi automático, en la situación interna de Italia, donde el Partido Comunista estaba vetado desde 1948 para entrar en el gobierno. Y aquellos demócratas cristianos que querían un acuerdo político interno en Italia contemplaban también la idea de lograr alguna forma de participación de los comunistas italianos con el Gobierno democristiano de Italia. Era el sector del PDC de Italia próximo a Aldo Moro.

Hoy sabemos, ha trascendido públicamente, que detrás del asesinato de Aldo Moro en 1976 aparecen tentáculos que conducen hacia un compañero de partido de Aldo Moro -Giulio Andreotti-, contrario a un acuerdo con el P. C. de Italia. La división dentro de la Democracia Cristiana chilena se daba también, pues, en el P. Demócrata Cristiano de Italia. Y la continuidad política democrática en el Chile de 1973 iba a repercutir en Italia, y también en Francia. Como bien ha dicho aquí Luís Maira, Miterrand fue a Chile en diciembre de 1971 a estudiar el gobierno de la Unidad Popular. Y el Partido Socialista que él fundó en Francia a comienzos de 1971 estaba en parte inspirado en la experiencia unitaria chilena que unos meses antes había elegido a Allende como Presidente de la República.

La decisión de acabar con el Gobierno de Allende en 1973 es una decisión que afectaba sin duda a los chilenos, pero que buscaba hacer un escarmiento con efectos mucho más allá de Chile, para que fuera leído por aquellos que en Europa y América Latina pensaban entonces que tenían libertad para elegir libremente su forma de gobierno. Ese es el problema de fondo.

Lo que en Chile acaece el 11 de septiembre de 1973 es la pérdida de sus libertades, es un castigo a los chilenos por entender que podían elegir democrática y libremente su forma de gobierno, y su forma de régimen económico. Y yo debo decir que esta última es una cuestión que trasciende a las ideologías. En el Chile de 1973, en favor de la libertad de su pueblo para elegir su forma de gobierno estaba tanto la izquierda en el Gobierno como un gran sector de la oposición democrática. He mencionado algunos nombres concretos de la Democracia Cristiana entonces en la oposición, y hay más. Por ello hay que remontarse un poco más allá para entender el por qué de la decisión de acabar con el Estado democrático chileno. Pues eso es lo que se produce el 11 de septiembre. No es tanto la muerte de un Jefe de Estado como la destrucción, de raíz, de la institucionalídad democrático-representativa que existía en Chile.

Cuando yo recibí la invitación para participar en esta Conferencia, lo primero que hice fue tomar un avión e irme a Washington a consultar los Archivos de Estados Unidos. Porque es allí donde uno puede encontrar las claves. Los chilenos sufren las consecuencias, las claves están allí. Y me he entretenido en consultar documentos, algunos de ellos ya están desclasificados. Y la exposición que estoy haciendo en cuanto a la secuencia que lleva a la destrucción del Estado democrático chileno como necesidad de una política internacional, dirigida por Estados Unidos en esos momentos, se encuentra reflejada en los documentos.

Cuando yo tomo por ejemplo el período 1947-1948, en que un Presidente de Chile es elegido con los votos de las coaliciones de izquierdas, y en el año 1948 ese mismo Presidente ilegaliza a uno de los Partidos que le ha elegido Presidente, me encuentro con la carta del Embajador de Estados Unidos en Santiago de fecha 10 de octubre del 1947 -es decir, un año antes de la ilegalización del Partido Comunista de Chile- en que dice «González Videla está enrolado en la guerra, no cabe duda. Mi única preocupación es que es impulsivo y precipitado, y estoy siempre temeroso de que pueda cometer errores tácticos debido a ello. Pero espero que no».

González Videla «está enrolado en la guerra», dice el Embajador de los EE. UU. ¿En qué «guerra» estaba enrolado en el año 1947 el Presidente de Chile, sin previa declaración del Congreso de Chile? En la guerra de Estados Unidos contra una parte del pueblo de Chile, esa parte de la izquierda que estaba siendo perseguida en el conjunto del Mundo bajo influencia de Estados Unidos. Era la “Guerra Fría”.

En otras palabras, lo que ha conseguido Estados Unidos en 1947-1948 es controlar al Estado chileno a través de la persona del Presidente de la República. Pero las instituciones democráticas estaban en 1948 tan vivas que, cuando González Videla lleva al Congreso la propuesta de ley para prohibir un partido político, se encuentra con las resistencias más variadas. Y toma la palabra un conservador católico a machamartillo como era el Senador Eduardo Cruz Coke, levanta su voz y vota contra aquella ley diciendo que « con la fundamentación de esa misma ley bastaría cambiar una palabra, sustituir comunista por católico, para que mi partido también fuera prohibido. Por consiguiente, por convicciones democráticas, voto en contra».

El Partido Demócrata Cristiano con representación en el Parlamento de 1948 vota en contra de la ley que prohíbe el P. Comunista. Por supuesto también vota en contra el senador Allende, que define a la Ley como «una bomba atómica caída en medio de nuestros principios, hábitos y costumbres republicanas» (intervención en el Senado el 18 de junio de 1948). Y, sin embargo, González Videla logró pasar ese proyecto de ley mediante un acompañamiento psicológico de supuestas maquinaciones, conspiraciones, huelgas insurreccionales, etc., que a 30 años del triunfo de la Unidad Popular en los documentos que he consultado son calificados como un montaje propagandístico, pero que sirvieron para convencer a algunos parlamentarios dubitativos que aunque venían de la derecha no deseaban ese precedente.

Pero claro, un Presidente elegido en Chile en un sistema político abierto como el de 1946 duraba seis años, a los seis años debía haber una nueva elección y el Presidente no podía ser reelegido. Es el problema con que se encuentra Estados Unidos en 1952 al ser elegido Presidente Ibáñez del Campo, que en los mismos documentos aparece como un personaje con una configuración contraria a la que Estados Unidos deseaba para Chile. Tan es así que un cable del Embajador Sr. Bowers al Departamento de Estado, fechado en Santiago el 15 de marzo de 1949 -cuando Ibáñez del Campo acababa de ser elegido Senador-, lo presenta como un candidato que podría, en las elecciones presidenciales siguientes, «concertar el apoyo de los comunistas, de los nacionalistas, de los peronistas y de elementos insatisfechos en el Ejército». Es decir, de fuerzas en ese momento no controladas por Estados Unidos. Y ese candidato, Ibáñez del Campo, en 1952 es elegido en efecto Presidente. Unos años después, el 15 de noviembre de 1957, el embajador de Estados Unidos Sr. Lyon, que manifiestamente no controlaba al Presidente de Chile, enviaba el siguiente informe confidencial al Departamento de Estado: «algunas indicaciones muestran que el Presidente Ibáñez ahora propicia la elección del candidato presidencial del FRAP [es decir, la Alianza de Izquierdas de Salvador Allende]. El Partido Comunista de Chile es uno de los más fuertes y mejor organizados partidos comunistas en América Latina. La influencia en los medios sindicales y en la actividad política de la izquierda representa una amenaza durmiente para la seguridad de Estados Unidos y puede representar una amenaza positiva, particularmente en términos de unidad hemisférica, si las elecciones presidenciales o maniobras políticas irresponsables del Presidente lbáñez llevan al PCCh a una posición capaz de influir en las políticas del gobierno».

Y para consternación de la doctrina norteamericana durante la Guerra Fría, en 1958 el Presidente Ibáñez llevó al Parlamento un proyecto de abolición de la ley de 1948. Y fue aprobado. De forma tal que en el año 1958 terminaba su Mandato con todos los partidos chilenos otra vez legalizados. A partir de ese momento el control externo sobre el Estado chileno debió adoptar nuevas modalidades.

En las elecciones presidenciales de 1958 se produce un hecho raro que todavía no está aclarado. En el escrutinio el candidato Allende iba ganando, de repente se produce un apagón de luz que dura varias horas, y cuando vuelve la luz Allende aparece perdiendo por treinta mil votos en favor de Jorge Alessandri. Grande es la consternación en su coalición -el FRAP-. La dirección del Partido Socialista pide a Allende que denuncie el fraude, que desconozca el resultado electoral. Allende entiende que no tiene las pruebas de que ha habido fraude, que en esas condiciones desconocer ese resultado llevaría el país a una aventura peligrosa, y pide al Partido Comunista – que formaba también parte del FRAP- que respalde la postura de reconocer el resultado y aceptar la derrota electoral, esperando que en las siguientes elecciones se pudiera lograr un escrutinio más transparente. El Partido Comunista apoyó esta postura de Allende.

Las siguientes elecciones presidenciales debían celebrarse el año 1964. Sin embargo, ya en 1962 servicios norteamericanos estaban entregando dinero a la Democracia Cristiana. En concreto, en el año 1962 entregaban doscientos mil dólares al PDC, pero otros ciento ochenta mil dólares eran entregados a la persona de Eduardo Frei. Eso ocurría dos años antes de que éste fuera candidato a la Presidencia. De forma que cuando en 1964 postulaba como candidato ya era un hombre estipendiado por Estados Unidos, y su política como Presidente entre 1964 y 1970 no puede extrañar que estuviera alineada con la de Estados Unidos.

Para la estrategia exterior de Estados Unidos no era preocupante que el Gobierno de la DC hiciera una reforma agraria en Chile, lo que le importaba era que Eduardo Freí mantuviera el boicot contra Cuba, por ejemplo; o que se negara a reconocer a una serie de países de la Europa del Este. Es decir, a EE. UU. le importaba el alineamiento estratégico de Chile, y Eduardo Frei fue leal al país que financió clandestinamente su elección.

Pero entre 1964 y 1970 el sistema político democrático de Chile continuaba vivo, y Frei terminaba su mandato en 1970. Y el Partido Demócrata Cristiano era un partido democrático dentro de un país democrático. Quiere decirse que Freí terminó su mandato presidencial en 1970 habiendo perdido el control de su propio partido, que postulaba como candidato a Presidente de la República a Radomiro Tomic – el líder del ala opuesta a Eduardo Frei-. En otras palabras, en la medida que el sistema democrático estaba abierto a la representación popular, las posibilidades de control sobre Chile a través de la compra o del estipendio de personas individualizadas, tenía sus límites.

Cuando ese sistema abierto elige democráticamente Presidente a Salvador Allende en 1970, la Administración Nixon se encuentra con que el Partido Demócrata Cristiano, liderado por el sector no-freísta, vota en el Congreso a favor del candidato que Nixon consideraba «maligno». Y además se encuentra Nixon con que la medida de mayor importancia estratégica que adopta el gobierno de Allende, la nacionalización de la Gran Minería del cobre, la adopta el Congreso de Chile por decisión unánime. Es decir, hasta tal punto buscaba el apoyo de la mayoría nacional el Presidente Allende que esa decisión la lleva al Congreso de modo tal que éste la aprueba por unanimidad en abril de 1971. Ese sistema democrático estaba vivo. Lo estaba en la medida que estaban vivos los mecanismos democrático-representativos. En plena Guerra Fría, semejante Estado era considerado incontrolable por la Administración Nixon.

Es a partir de aquel voto del Congreso en Pleno que, por unanimidad, aprobó en abril de 1971 la nacionalización de las grandes minas de cobre -entonces bajo control de empresas de EE.UU.- cuando hay que entender que fue pronunciada la sentencia de muerte del Gobierno Allende. La Sentencia que, acaba de decir aquí Maira, la encontró él flotando en el aire durante las conversaciones que sostuvo en Washington en el invierno de 1973 la Comisión que enviara el Presidente Allende para tratar de buscar un acuerdo con el Gobierno de EE.UU.

Luís Maira refiere que halló entonces en el ambiente de Washington una sentencia de muerte que alcanzaba no únicamente a la persona de Salvador Allende. En propiedad, Nixon y Kissinger habían sentenciado a muerte a todo el sistema democrático, que permitía que hubiera partidos obedientes a la sola disciplina interna chilena, o que hubiera regularmente elecciones donde los hombres comprados no eran necesariamente los elegidos, y si lo eran tenían que ceder su mandato ante nuevos candidatos en elecciones cada vez más libres.

Ese es el problema de fondo, y eso es lo que se impone en Chile el 11 de septiembre de 1973. De modo que lo que hay ese día en Chile no es un cuartelazo latinoamericano más, es la voluntad sistemática, deliberada, científica, de destruir todo aquello que hubiera de democrático-representativo en la sociedad chilena. Y para eso se necesitaban años, y para eso necesitaban el acuerdo de todos los que colaboraron en ese golpe, y de los que le abrieron las puertas al golpe, incluidos los demócratas cristianos que dirigían la Democracia Cristiana en 1973 y al frente de ellos estaban entonces Eduardo Frel y Patricio Aylwin.

Justamente hoy publica la prensa de Santiago la minuta de una reunión de la Junta Militar, un mes después del golpe, cuando la sangre corría todavía en Santiago. Una reunión de la Junta reunida en sesión secreta y ante la que comparece el Presidente de la Democracia Cristiana, Patricio Aylwin, quien afirma lo siguiente ante los cuatro generales: «reconocimiento de la aptitud de la Junta; disposición de los demócratas cristianos a cooperar individualmente en la tarea de la Junta; interpretación del pronunciamiento militar del 11 de septiembre como de legítima defensa; interés en que la Junta de Gobierno tenga éxito».

El Jefe y cada uno de los miembros de la Junta de Gobierno le responden a Aylwin que «la situación en estos momentos está controlada, pero no absolutamente dominada». Es decir, las fuerzas que en 1973 se habían coaligado para destruir el sistema democrático lo estaban hasta tal extremo que el líder político de la insurrección, Patricio Aylwin, estaba sentado con los jefes militares de la misma.

Entonces yo afirmo lo siguiente: el decir, como he oído que se dice en Chile, y reproduce Maira hoy en Madrid, que «el error de Allende fue no haber entendido cuánta mayoría se requiere para hacer un cambio de tales dimensiones», y que, “por fin, no entendió la importancia del acuerdo con la Democracia Cristiana», lo que en realidad está queriendo decir es algo mucho más grave. Viene a querer decir, ‘puesto que Allende no lo entendió, ahora los socialistas lo hemos entendido, y estamos en el acuerdo con la Democracia Cristiana’. Por favor, si los socialistas no lo entendieron entonces y lo entienden ahora, es su mérito, y hay que felicitarles. Pero que no desplacen esta responsabilidad sobre quien no la tuvo en 1973 ni antes.

El problema es grave. Y es que dada la circunstancia de que los demócratas cristianos que dirigieron el golpe en 1973 son los mismos con los que hoy están en coalición los socialistas -renovados, por supuesto- éstos ahora están de acuerdo con aquellos en decir lo que va contra la realidad de los hechos: que Allende no buscó el acuerdo con la Democracia Cristiana. Y los socialistas están de acuerdo en decir ésto en concierto con aquellos democristianos, cuando unos y otros han asumido la Constitución impuesta de la Dictadura. Los hombres que en 1973 dirigieron el golpe políticamente, administran en 1993 la Constitución legada por la Dictadura, con un escrúpulo extraordinario.

Quién puede, por tanto, sorprenderse de que tras cuatro años de gobierno termine su mandato Patricio Aylwin sin haber tocado nada sustantivo en cuanto a la subordinación de las instituciones al control militar. Nadie puede sorprenderse que ese Presidente, que tiene esa alianza con los socialistas, no haya abierto un juicio a los golpistas y a los criminales cuyos nombres son conocidos y están documentados, no tiene autoridad moral para llevar ante un tribunal a ningún general golpista, porque lo menos que podría decir ese general es: ‘usted también, yo le acuso de inducción a lo que yo he hecho en 1973’.

El Presidente Alfonsín en 1982 pudo abrir un juicio a los militares golpistas porque él no estaba implicado en el golpe de 1976. Pero no lo hubiera podido hacer un peronista. Y quien en Argentina después del juicio pone en libertad a los generales condenados es un peronista. Es decir, hay una coherencia mínima en la actuación de los políticos. En el caso de los chilenos hay que reconocer, en concreto en los demócratas cristianos que se sumaron a la insurrección, que son coherentes consigo mismo. No lo son otros.

El problema es éste. Y vinculado de nuevo a la relación que hay entre España, Europa y Chile, que es más común de lo que parece, en la que la singularidad del socialismo chileno hasta 1973, simbolizado en la figura de Allende en particular, es la de un partido de dirección nacional, que no obedece directrices externas al país. Yo recuerdo que, en agosto de 1968, me impresionó observar que llegara a Chile, invitado por el presidente Eduardo Freí, el ministro de AA.EE. de Alemania Willy Brandt. Fue recibido, como es propio en un viaje oficial, por el Presidente de la República, y Frei le ofreció pronunciar un discurso en el Senado.

Fue impresionante ver cómo en el momento en que tomaba la palabra Willy Brandt toda la bancada socialista, del Partido Socialista, se levantaba y se ausentaba del hemiciclo, manifestándole de esa forma a Brandt que sus posiciones políticas eran más próximas a las de Eduardo Frei que no a las del Partido Socialista de Chile. Ese era el Partido Socialista de 1968, de 1970, de 1973.

¿Por qué era ese el Partido Socialista de Chile? Lo que en Italia se hizo en los años 60, en el momento de la «apertura a siniestra» de la Democracia Cristiana italiana, ofrecer a los socialistas un puesto en el Gobierno de Italia, fue a comienzos de los 60 una operación estipendiada y financiada por William Colby, que en ese momento dirigía la antena de la CIA en la Embajada norteamericana en Roma. Según cuenta Colby en su libro “Honorable Men”, en Chile se intentó reproducir la operación italiana.

Contaré a este respecto un hecho que varías veces me relató Allende. Recién elegido Presidente Eduardo Frei en octubre de 1964, el entonces senador demócrata cristiano Rafael Agustín Gumucio llegó a la casa de su buen amigo Salvador Allende con el siguiente mensaje del Presidente electo Frei -todavía no había asumido la Presidencia-: «Salvador, este es el mensaje de Eduardo Frei. Primero, qué proyectos políticos tienes; segundo, te ofrece que designes a dos o tres personas de tu confianza como Ministros en el primer Gabinete que va a formar; y tercero, cuál es tu situación económica personal». La respuesta de Allende fue levantarse del asiento y decirle: «Rafael Agustín, tengo demasiado aprecio por tu persona para dar la respuesta que merece semejante mensaje», le acompañó hasta la puerta y la cerró por dentro.

Es decir, al margen de la buena voluntad del mensajero, otros – que no Gumucio-, estaban intentando hacer con Allende en el año 1964 lo mismo que hacían con los democristianos y socialistas italianos en esos mismos años 60: romper la alianza entre socialistas y comunistas. La respuesta de Allende fue una respuesta de un dirigente político con convicciones, comprometido con la historia de su país y con su propia personalidad política: sobre la unidad de la izquierda, ampliar la alianza hacia las fuerzas políticas del centro democrático. Esa había sido la trayectoria de Allende, que en los hechos era también compartida por lo que era entonces el Partido Socialista.

Y esto me lleva a la conclusión de que son esos hombres de la Guerra Fría, esos hombres estipendiados y que han hecho su carrera política bajo el favor de quienes dirigían los intereses de la Guerra Fría, los que han llegado a su límite. Terminada la Guerra Fría, en Italia Bettino Craxi, y otros dirigentes del P. Socialista, de la social democracia y de la democracia cristiana, están en estos momentos ante la exigencia de rendir cuentas ante Tribunales de Justicia que, por primera vez están en condiciones de juzgar lo que era la corrupción en que se asentaba el sistema político de la Guerra Fría.

En América Latina está llegando también la hora de la rendición de cuentas. El socialdemócrata Carlos Andrés Pérez ha sido destituido por el Congreso de Venezuela, por corrupción, y en Guatemala, por primera vez desde 1954, los militares dejan de condicionar directamente el desarrollo político interno. Y si eso está ocurriendo con los líderes de Italia, país importante de Europa, o con los de Venezuela, país importante de la América Latina, es porque la Potencia protectora les ha retirado su protección, porque su estrategia internacional ha cambiado.

Por consiguiente, cabe, y esta es mi esperanza, que se abra para nuestros pueblos hispánicos un espacio de libertad en los próximos años en que, de nuevo, las fuerzas democráticas representativas de los intereses nacionales puedan libremente expresarse, y aspirar a dirigir el país, sin vetos de la Potencia Hegemónica. Esa esperanza llegará también a Chile, pero indudablemente no son los estipendiados de la Guerra Fría los que la podrán hacer posible, ni tampoco aquellos socialistas que se han reciclado en la escuela de Bettino Craxi, o que han importado prácticas de corrupción que vieron en Europa. Tendrán que hacerlo personas que enlacen con la personalidad histórica de Chile destruida el año 1973. Y en esa recuperación de la historia de lo más noble de la dignidad del pueblo chileno, pueblo soberbio y consciente de su personalidad, es indudable, no me cabe la menor duda, que los valores por lo que luchó Salvador Allende reemergerán en Chile y en otros países de nuestra cultura.