Pablo Neruda y Matilde, vigilan atentos el mar

EN RECUERDO A LOS 42 AÑOS DE LA PARTIDA DE NUESTRO PREMIO NOBEL, POETA Y COMPAÑERO PABLO NERUDA

Ha comenzado a retirarse el mes de “Septiembre”. Es el mes de la patria en Chile, el mes del terremoto, la bandera, los volantines, el mes de la chicha en cacho, las empanadas, la cueca en las ramadas, de las polleras vistosas de las chinas y las espuelas de plata de los huasos. Es el mes de la alegría nos han dicho, de los jardines floridos de la patria. Pero en este año no hay banderas ni cometas, ni pañuelos de colores, ni caballitos de dulces, todo es luto y desolación en las calles, plazas, los campos y poblaciones donde vivíamos. Lágrimas calladas de furias contenidas en muchos de nosotros. Nuestro compañero de sueños, el presidente Salvador Allende ha sido traicionado y asesinado en la Moneda…

Pablo Neruda, el poeta de la libertad y la esperanza, está gravemente enfermo –nos anuncian las insuficientes noticias–, y su vida se va extinguiendo lentamente; hasta que fallece en la noche del 23 de septiembre de 1973, a sólo trece días de la gran felonía; en un clima de hermética tristeza. A pesar de la naciente primavera para algunos, la mañana era demasiado fría y desamparada.

Ante este espectáculo desolador, ¿qué importancia tiene ahora que la escritura vertical de las Odas elementales: “Dentro de ti tu edad/ creciendo,/ dentro de mí mi edad/ andando./ El tiempo es decidido,/ no suena su campana,/ se acrecienta, camina,/ por dentro de nosotros,/ aparece/ como un agua profunda/ en la mirada/ y junto a las castañas/ quemadas de tus ojos/ una brizna, la huella/ de un minúsculo río,/ una estrellita seca/ ascendiendo a tu boca…” ¿Sean versos endecasílabos cortados en forma arbitraria? Lo que buena parte del Canto general, ¿Sean crónicas históricas retocadas por el ritmo de la poesía?: “Lianas trepando hacia el cabello/ de la noche selvática, caobas/ formadoras del centro de las flechas, / hierro agrupado en el desván florido, / garra altanera de las conductoras…/ águilas de mi tierra, / agua desconocida, sol malvado, / ola de cruel espuma, / tiburón acechante, dentadura/ de las cordilleras antárticas…” ¿Qué importancia, tiene para quien escribió si llegaron sus poemas a un vastísimo público? “Dolores, sin remedio dolores”, como diría el ilustre don Antonio Machado.

Porque al cabo de ochenta años (Madrid 1935) de residencia en el ámbito dramático de Chile, la memoria de Pablo Neruda, nos va cruzando con las ilusiones y tristezas, se ha convertido en antorcha inextinguible y símbolo de piedra. Es un fuego inmarcesible que no termina de iluminar la noche de los desamparados, el doloroso recuerdo de los caí­dos, la esperanza insurgente de los humildes: “Una brasa tenaz que sigue despertando la conciencia universal del hombre y su destino”.

Símbolo de piedra, decíamos eso es Pablo Neruda: un monu­mento vivo, imprevisible, trastornador, demasiado terrenal para su gloria, cuya presencia obsesiva es prematura para una conversación con las estrellas: “Sucede que a veces me canso de ser hombre/ y es tal vez porque quiero alcanzar las estrellas; pero mi alma/ se avergüenza de mi raza/ y en mi boca/ no se apaga la sed…”

Su amplitud está más allá de la frontera estética o política, más allá de los encasillamientos mezquinos que han tratado de situarlo algunos. Lo hizo todo, vivió con asombrosa intensidad, vio todo lo que tenía que ver en el momento preciso, fue testigo emocional y pavo­roso de su tiempo. En la poesía tuvo un sentido mágico de las esencias, creó y transformó las formas a su amaño, sublimó las estructuras conocidas y abrió caminos entre las breñas, agotó cauces y fuentes, fundó ciudades de un lenguajes íntimos, se tendió a soñar bajo las estrellas en el norte de Chile, la lluvia del sur; y despertó azorado con el color de la materia humana, se fundió al enigma de la expresión más ávida, y cuando todo estuvo hecho, comenzó a nacer, a ser él mismo confundido en los otros, uno distinto en su virtud genésica: “Sube a nacer conmigo, hermano./ Dame la mano desde la profunda/ zona de tu dolor diseminado./ No volverás del fondo de las rocas./ No volverás del tiempo subterráneo./ No volverá tu voz endurecida./ No volverán tus ojos taladrados./ Mírame desde el fondo de la tierra,/ labrador, tejedor, pastor callado:/ domador de guanacos tutelares:/ albañil del andamio desafiado:/ aguador de las lágrimas andinas:/ joyero de los dedos machacados:/ agricultor temblando en la semilla:/ alfarero en tu greda derramada:/ traed a la copa de esta nueva vida/ vuestros viejos dolores enterrados…”

Pocos escritores en la historia de la poesía han tenido el vigor de generar tan alto grado de pasión enaltecedora, pasión que ha conmovido durante más de un siglo, a varias generaciones de lectores de las más diversas latitudes y de preferencias muy disímiles. La singular hazaña sólo fue posible gracias a su condición de humanista superior, que supo interpretar la problemática individual y colectiva de una época en las distintas etapas de su desarrollo: configurando a la postre un amplio territorio emocional, donde encuentra cabida tanto los sentimientos crepusculares más íntimos del adolescente atormentado en veinte poemas de amor y una canción desesperada; como los complejos e inusitados avatares del transcurrir histórico. “Hombre-pueblo-individúo-multitud”, se enlazan en la unidad indivisible que da categoría, contenido, trascendencia y universalidad. Y que por ello es capaz, a su manera, de transformar el mundo emocional, de sensibilizar la vida y darle dignidad a la experiencia humana.

12 de diciembre de 1992: Pablo y Matilde se reintegran a su domicilio en Isla Negra, estarán por fin en casa. Abajo, en la playa el suceso será celebrado como el difícil regreso de Ulises, como una ardua proeza, que entrará en la historia, entrañando una reafirmación no de la muerte, sino de la vida. De una vida activa y plena.

Porque no nos equivoquemos repitiendo el lugar común so­bre el eterno reposo. Pues el poeta seguirá trabajando, como lo hizo allí durante tantos años, escribiendo en una mesita junto al océano o al lado del fuego de la chimenea. Allí su poesía predijo esta hora y su programa de acción: “Compañeros, enterradme en Isla Negra/ frente al mar que conozco, a cada área rugosa/ de piedra y de/ las que mis ojos perdidos/ no volverán a ver…” Simplemente pondría en práctica lo que dejó estampado en estos versos: “yo no voy a morirme. Salgo ahora, /en este día lleno de volcanes/ hacia la multitud, hacia la vida…” O bien: “Junto a esta piedra no reposo. / Trabaja el mar en mi silencio.”

Ya todos se han ido en esta tarde. Y en el promontorio más cercano a las olas, vigilan atentos Pablo y Matilde. Al frente, el mar, inmenso. Por él les llega el tiempo, ráfagas de tiempo, cuotas de tiempo inaca­bable que comienza. Arriba, los pájaros trazan su libre geometría. Abajo, las “piedras de Chile”: “…Ágatas arrugadas de Isla Negra,/ sulfúricos guijarros/ de Tocopilla, como estrellas rotas,/ caídas del infierno mineral,/ piedras de Punitaqui, La Serena que el océano/ suavizó y luego estableció en la altura,/ y de Coquimbo el negro poderío,/ el basalto rodante/ el Maitencillo, de Toltén, de Niebla,/ del vestido mojado/ de Chiloé marino,/ piedras redondas, piedras como huevos/ de pilpilén austral, dedos translúcidos/ de la secreta sal, del congelado/ cuarzo, o durísima herencia/ de Los Andes, naves/ y monasterios/ de granito.”

Por todas partes, el aire de las odas. Ya todos se han ido, tras dos días de muchas horas de acompañamientos y labores: “Pero si ya pagamos nuestros pasajes en este mundo/ por qué, por qué no nos dejan sentarnos y comer?/ Queremos mirar las nubes, queremos tomar el sol y oler la sal,/ francamente no se trata de molestar a nadie,/ es tan sencillo: somos pasajeros./ Todos vamos pasando y el tiempo con nosotros:/ pasa el mar, se despide la rosa,/ pasa la tierra por la sombra y por la luz,/ y ustedes y nosotros pasamos, pasajeros./ Entonces, qué les pasa?/ Por qué andan tan furiosos?/ A quién andan buscando con revólver?/ Nosotros no sabíamos/ que todo lo tenían ocupado,/ las copas, los asientos,/ las camas, los espejos,/ el mar, el vino, el cielo…”

Pero, ¿quiénes eran esos “Todos”?, acaso estaba la muchacha que en el otoño llevaba “La boina gris”: “Te recuerdo como eras en el último otoño./ Eras la boina gris y el corazón en calma./ En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo./ Y las hojas caían en el agua de tu alma…” Y el corazón en calma y los muchachos de las camisas amarantos. Alegres, bellos en su rebeldía, y de la mano con el amor. Marineros de “Cada puerto”: “Amo el amor de los marineros/ que besan y se van. / Dejan una promesa. / No vuelven nunca más. / En cada puerto una mujer espera: / los marineros besan y se van. / Una noche se acuestan con la muerte/ en el lecho del mar…” Claro que sí, los compañe­ros de las minas, los campesinos, pescadores y todos sus compañeros de partido, los que desafían el vértigo de los andamios, la mujer chilena: “Ay, cuándo, cuándo, ay, cuándo, de ojos serenos y abrazos muy dulces…”; pero siempre llevará presente a sus compañeros y a su partido, el Partido Comunista de Chile, que le enseñó a dormir en las camas duras de sus hermanos: “Me has dado la fraternidad hacia el que no conozco. / Me has agregado la fuerza de todos los que viven. / Me has vuelto a dar la patria como en un nacimiento. / Me has dado la libertad que no tiene el solitario. / Me enseñaste a encender la bondad, como el fuego. / Me diste la rectitud que necesita el árbol. / Me enseñaste a ver la unidad y la diferencia de los hombres. / Me mostraste cómo el dolor de un ser ha muerto en la victoria de todos. / Me enseñaste a dormir en las camas duras de mis hermanos. / Me hiciste construir sobre la realidad como sobre una roca. / Me hiciste adversario del malvado y muro del frenético. / Me has hecho ver la claridad del mundo y la posibilidad de la alegría. / Me has hecho indestructible porque contigo no termino en mí mismo.”

Entonces, comienza la jornada para siempre incon­clusa. Cuidar el huerto de la patria. Atender el dolor. Calmar angustias. Desde lejos acompaña el horizonte: sobre su límite de cuchillos, como a caballo de “un caballo vago y de sueños”: “Innecesario, viéndome en los espejos/ con un gusto a semanas, a biógrafos, a papeles, / arranco de mi corazón al capitán del infierno,/ establezco cláusulas indefinidamente tristes./ Vago de un punto a otro, absorbo ilusiones,/ converso con los sastres en sus nidos:/ ellos, a menudo, con voz fatal y fría/ cantan y hacen huir los maleficios…” “Los crepúsculos de Maruri”: “Y este silencio que lo llena/ todo, / desde qué país de astros/ se vino solo?/ Y por qué esta brurna/ –plúmula trémula–; / beso de lluvia/ –sensitiva– / cayó en silencio –y para siempre– / sobre mi vida?…”, atardeceres de una juventud solitaria de estudiante flaco y desgarbado. Y al oriente, la “Casa de las flores”: “Preguntareis: Y dónde están las lilas?/ Y la metafísica cubierta de amapolas?/ Y la lluvia que a menudo golpeaba/ sus palabras llenándolas/ de agujeros y pájaros?/ Os voy a contar todo lo que me pasa./ Yo vivía en un barrio/ de Madrid, con campanas,/ con relojes, con árboles./ Desde allí se veía/ el rostro seco de Castilla/ como un océano de cuero./ Mi casa era llamada/ la casa de las flores, porque por todas partes/ estallaban geranios: era/ una bella casa/ con perros y chiquillos./ Raúl, te acuerdas?/ Te acuerdas, Rafael?/ Federico, te acuerdas/ debajo de la tierra,/ te acuerdas de mi casa con balcones en donde/ la luz de junio ahogaba flores en tu boca?/ Hermano,/ hermano!/ Todo…” Y los combates, cuando fue la hora de tomar en las manos su parte de la esperanza.

Sí, Pablo y Matilde ya han regresado a casa en Isla Negra. Retoman el dominio de sus pasos. Ya no navegarán en las tinieblas. Porqué hay tanto por hacer. Son rudas las faenas del poeta cuando es mucho el dolor, cuando hay que abrir tanto camino está lista la pala y el verbo. ¡A trabajar, hermanos! Qué están esperando, “con ardiente paciencia”, las anchas Alamedas, y que ya ha trazado el camino hacia las Espléndidas Ciudades…